¿Qué es la confianza epistémica y por qué algunos pacientes no responden al tratamiento?

confianza epistémica

Confianza epistémica en psicoterapia

Existe un grupo de personas que buscan ayuda psicológica de manera activa, comprenden lo que se les explica, asienten a las interpretaciones que se les ofrecen, y sin embargo no cambian. Esta observación clínica, desconcertante para muchos terapeutas, encontró un marco explicativo en el trabajo de Peter Fonagy y Chloe Campbell sobre lo que denominaron confianza epistémica.

La confianza epistémica es la disposición a tratar como verdadero, relevante y aplicable a la propia vida el conocimiento que alguien nos transmite. Es la apertura selectiva que permite que la información recibida se internalice, se generalice y organice la conducta futura. No es credulidad indiscriminada. Sin ella, el aprendizaje social —y por tanto el cambio terapéutico— es estructuralmente imposible.

El origen evolutivo de la vigilancia epistémica

Desde una perspectiva evolutiva, la confianza epistémica resuelve un problema fundamental: en una especie que transmite conocimiento culturalmente, aprender de la persona equivocada puede ser letal. Durante los 300.000 años de evolución del Homo sapiens, cada individuo necesitó desarrollar filtros para distinguir la información confiable de la engañosa. Este sistema de vigilancia epistémica es el resultado de esa presión selectiva.

Las “señales ostensivas” son los marcadores biológicos que indican que alguien es una fuente segura de conocimiento: el contacto visual, la respuesta contingente al estado del otro, el uso del nombre, la “sonrisa social”. Cuando estas señales están presentes, el canal epistémico se abre, la confianza epistémica está presente. El experimento de Gergely y Csibra con bebés demostró que incluso en el primer año de vida, los niños aprenden preferencias del objeto cuando la comunicación está precedida por señales ostensivas, y no lo hacen cuando esas señales están ausentes.

Confianza epistémica, cuando el trauma cierra el canal

En contextos de maltrato, negligencia o vínculos primarios marcados por la instrumentalización, las señales ostensivas estuvieron ausentes o fueron engañosas. El niño que fue dañado por quien debería haberlo cuidado aprendió —de manera adaptativa, en ese momento— que la información social no es segura. El canal epistémico se cierra como mecanismo de protección.

En la adultez, este cierre se manifiesta como una hipervigilancia epistémica que hace virtualmente imposible internalizar lo que el terapeuta ofrece. El individuo puede repetir lo que escucha, puede aparentar acuerdo, pero el conocimiento no penetra: no se archiva como relevante para su propia vida. Esto no es resistencia voluntaria; es una incapacidad biológica de absorción.

El dilema epistémico y el hambre de significado

La hipervigilancia epistémica no es el único resultado posible del cierre del canal de confianza epistémica. En su ausencia de filtros funcionales, el sistema puede oscilar hacia el polo opuesto: la credulidad excesiva, la absorción indiscriminada de cualquier fuente que ofrezca certeza y pertenencia. Este fenómeno explica la vulnerabilidad de ciertas personas a los discursos sectarios o a las figuras de autoridad que ofrecen verdades absolutas.

Detrás de ambos extremos hay lo que Fonagy denomina “hambre epistémica”: el deseo genuino de encontrar significado y conexión, bloqueado por un sistema que aprendió a desconfiar del aprendizaje mismo.

La implicación clínica: mentalizar como señal ostensiva

Para reabrir el canal epistémico, la terapia debe ofrecer la experiencia opuesta a la que lo cerró: ser visto como un agente intencional cuya perspectiva importa. La mentalización del terapeuta hacia el paciente —la curiosidad genuina, la respuesta contingente, el reconocimiento de la experiencia subjetiva— actúa como la señal ostensiva que indica que este vínculo es seguro para aprender.

Bibliografía citada (APA):

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